Por más que lo intento, no consigo imaginar a Sal Huisman leyendo. Y menos aún una obra tan densa y plagada de significados como la que marca el separador digital de su hololibro,
Berlín-Lisboa.
Su autor, el doctor Pietro Eugénides Morán, fue una eminencia terráquea a finales del siglo XXI, aunque no disfrutó de aquel reconocimiento en vida: Tuvieron que pasar varios lustros después de su muerte para que el mundo entero reparase finalmente en el verdadero valor de su presciencia.
Era un viejo español chiflado, decían. Un enfermo de Crohn que consumió sus últimos años enclaustrado en una habitación de cuatro metros cuadrados escribiendo profecías aparentemente absurdas pero que terminaron por cumplirse. Todas y cada una de ellas. Al pie de la letra. Predijo, entre otras muchas cosas, que los armenios dominarían el mundo. Y no se equivocó. Adivinó también la existencia de nuevas galaxias. Incluso se atrevió a describir este planeta con pelos y señales. Escuchen si no lo que decía hace más de trescientos años:
"(...) Nuevas formas de vida molecular se desarrollarán criogénicamente en laboratorios especiales dotados de modernísimos sistemas infrarrojos, para alumbrar nuevas especies de híbridos mutantes que provocarán el advenimiento de un nuevo orden (...)"
"La vida en nuestro planeta se hará tan difícil entonces que los más débiles, siguiendo el principio de selección natural, se morirán o no tendrán más remedio que emigrar a otros planetas, tal vez a otras galaxias (...) Esta situación provocará un éxodo masivo que sumirá al planeta Tierra en un caos profundo e irreversible, mayor aún que el actual, y la caída de todas las fronteras, tal y como hoy las conocemos (...)""El planeta dorado, —se refiere a Athena—
iluminado día y noche por la luz incandescente de sus trece lunas, reunirá las condiciones necesarias para el desarrollo de la vida humana. (...) No obstante, y debido a la naturaleza criminal de los emigrantes que logren llegar a este planeta, imperarán el desorden y la ignominia y los clanes se harán con el control de las cosas".
Escalofriante que un solo hombre pudiese adivinar todas estas cosas sin moverse de casa.
El título del libro,
Berlín-Lisboa, hace referencia a las dos últimas capitales que permanecieron en pie antes de la hégira masiva interplanetaria. Ambas estaban emplazadas en una vieja porción de tierra llamada Europa que los terráqueos llamaban continente. Ahora las ciudades no tienen nombre allí. Son sólo páramos desiertos, cenizas de lo que fue una vez aquel planeta. Un museo decadente, un monumento a la ignorancia humana. Eso es la Tierra.
Y, aunque donde vivimos la situación no es menos sórdida, es en momentos como éste cuando más orgulloso me siento de haber nacido aquí, en Ostrich City, en el planeta Athena. A pesar de toda la mierda que puedan decir, adoro esta ciudad.
—Vámonos —le digo a ese par de tetas con ojos.— Con esto tenemos más que suficiente.
—Espera, Rad, se me ha pegado algo al zapato —me contesta. Y flexionando su pierna izquierda eleva su talón hasta el culo, rozando sus nalgas con el tacón rojo de aguja. Y me dice:
—Sácamelo, anda.
Y eso hago. Procurando no quemarme, procedo a despegar el papel que se ha adherido a la suela de su zapato. Un ridículo pedazo de papel con membrete, negro y pisoteado, testigo del número 36 que calza Miranda Butler. La marca perfecta del pie de Cenicienta.
Igual que una señal, el pie de Miranda nos ha querido decir algo.
Se puede leer algo bajo la huella de su zapato. Se lee:

—
Leelan Spandarian. ¡El Clan de los Armenios!
—¡Mierda! —dice Miranda.